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Hoy por hoy está ya
universalmente aceptada en el ámbito de la regulación
contable la idea de que la armonización no es tan sólo
una cuestión de aproximación de normas, sino, más
bien y principalmente, de acercamiento de entornos y, en su seno,
de conceptos subyacentes tras la práctica de nuestra disciplina.
Sin duda por ello los organismos reguladores han hecho en las
últimas décadas notables esfuerzos para plasmar
por escrito, y también para consensuar, los razonamientos
conceptuales en los que se sustenta la elaboración de la
información financiera.
El propósito, como he indicado reiteradamente en otros
lugares, y también en el artículo con que colaboro
a este libro, no es nuevo, pues acompaña a la normalización
contable moderna desde sus orígenes. Lo que sí es
nuevo es que, a partir del intento del FASB en la década
de los setenta, estos pronunciamientos de contenido teórico
adquirieran la denominación de "marcos conceptuales"
y que, al mismo tiempo lo cual me parece más importante,
cobraran una dimensión y una profundidad inusuales en su
precedesores, las anteriores declaraciones de principios, que
también buscaban el soporte teórico de la regulación
contable.
Lo que en un principio pudo ser considerado como meras disposiciones
teóricas, se convierte hoy en un instrumento indispensable
no sólo para la regulación, sino también
para quienes realizan su trabajo en tomo a la información
financiera: elaboradores de la misma, auditores que verifican
su adecuación y académicos que forman nuevas generaciones
de unos y otros . Para la empresa y para los auditores, el soporte
racional es sumamente útil en su trabajo. Y, en cuanto
a la regulación, cabe recordar aquí aquella frase
de Anthony, recogida por Francisco Gabás en su obra publicada
también por AECA, sobre el marco conceptual: "Las
normas contables se desarrollan dentro de conceptos, por lo que
los conceptos insatisfactorios conducen a normas también
insatisfactorias".
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